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jueves, 16 de junio de 2016

TIPOS DE COMUNICACIÓN

Las formas de comunicación humana pueden agruparse en dos grandes categorías: la comunicación verbal y la comunicación no verbal: 

  • La comunicación verbal se refiere a las palabras que utilizamos y a las inflexiones de nuestra voz (tono de voz). 
  • La comunicación no verbal hace referencia a un gran número de canales, entre los que se podrían citar como los más importantes el contacto visual, los gestos faciales, los movimientos de brazos y manos o la postura y la distancia corporal.

Comunicación verbal 

1. Palabras (lo que decimos) 

2. Tono de nuestra voz 

Comunicación no verbal 

1. Contacto visual 

2. Gestos faciales (expresión de la cara) 

3. Movimientos de brazos y manos Postura y distancia corporal. 


Pese a la importancia que le solemos atribuir a la comunicación verbal, entre un 65 % y un 80% del total de nuestra comunicación con los demás la realizamos a través de canales no verbales. 

Para comunicarse eficazmente, los mensajes verbales y no verbales deben coincidir entre sí. Muchas dificultades en la comunicación se producen cuando nuestras palabras se contradicen con nuestra conducta no verbal.

lunes, 13 de junio de 2016

LA COMUNICACIÓN DE MASAS Y EL AULA DE CLASES

En la larga ruta de aprendizajes durante la infancia y la adolescencia los estudiantes adquieren en las instituciones educativas una serie de conocimientos, habilidades y actitudes acerca del entorno físico, cultural y social en el que viven. Sin embargo, en las sociedades actuales, sus ideas sobre el mundo y sobre las personas no sólo dependen de los saberes adquiridos en los escenarios del aprendizaje escolar o en el seno de la familia.

Cada vez más sus ideas sobre el mundo y sobre las personas tienen su origen en los mensajes de industrias de la conciencia como la televisión y la publicidad o en los contenidos que circulan por las autopistas electrónicas de la información. En esa conversación simbólica que tiene lugar entre las personas y discursos como el televisivo, el publicitario o Internet todo se orienta, más allá de su aparente finalidad informativa, narrativa o comercial, a erigir tales discursos en intermediarios entre la mirada de la infancia y de la adolescencia y el mundo que les aguarda.

Nada es real entonces si no adquiere el estatuto de lo obvio. De esta manera, hoy la función social de los mensajes de los medios de comunicación de masas y de Internet es doble: por una parte, de naturaleza cognitiva, ya que contribuyen tanto a la construcción de la identidad personal de la gente como a la adquisición de un conocimiento compartido sobre el mundo); por otra, de naturaleza ideológica, al constituirse en eficaces herramientas de consenso social.

En efecto, los textos de la prensa, las ondas de la radio, las viñetas de los cómics, el espectáculo televisivo, la persuasión publicitaria y la omnisciencia de Internet invitan a la infancia y a la adolescencia a consumir cierto tipo de situaciones, a imitar ciertos estilos de vida, a adorar ciertas ideologías y a menospreciar otras maneras de entender las cosas. La manifestación a gran escala, en el escenario de los mensajes de la cultura de masas y de Internet, de los mitos, de las ideologías, de los estilos de vida y de las imágenes de la sociedad de libre mercado orienta así la construcción de la identidad cultural de las personas y de los diferentes grupos sociales y hace posible un conocimiento compartido del mundo.

Los altos índices de consumo de mensajes televisivos e informáticos por parte de niños y adolescentes son especialmente alarmantes si analizamos, por ejemplo, el con tenido de la inmensa mayoría de esos mensajes que se exhiben a diario en la ventana electrónica del televisor. En efecto, si analizamos las cosas que se dicen en ese crecida de series, concursos, videoclips, culebrones, dibujos animados y anuncios publicitarios, observaremos una vez más el abismo que se abre entre lo que se aprende en la vida de las aulas y lo que se aprende en la vida del televisor, entre los fines emancipadores de la educación y las formas concretas mediante las cuales industrias culturales como la televisión, la publicidad e Internet instruyen a la infancia, a la adolescencia y a la juventud que acude de lunes a viernes a los centros de enseñanza.

 Ante este hecho, en educación cabe adoptar posiciones apocalípticas  y evitar en las aulas el análisis de las complejas astucias comunicativas de este tipo de textos en los contextos de la persuasión de masas o, por el contrario, considerar que hoy no es posible favorecer la adquisición y el desarrollo de competencias comunicativas y de actitudes críticas entre los estudiantes, si no orientamos algunas de las tareas educativas en las clases al estudio de las estrategias verbales y no verbales que habitan en los textos de los medios de comunicación de masas y de la publicidad.

El aula sin muros de la ventana electrónica del televisor y de las páginas de Internet constituye en nuestros días el ojo mágico con el que observamos el mundo mientras en el mundo de la educación aún persiste esa ilógica idea de que el saber escolar debe permanecer ajeno a tales fenómenos comunicativos y, en un afán inútil de ponerle puertas al campo, se empeña en convertir las clases en aulas con muros donde nada de lo que se dice y de lo que se hace fuera de la escuela entre dentro y sea objeto de estudio y de reflexión.


Por el contrario, conviene analizar en las aulas cuál es el papel que desempeñan los mensajes de la comunicación de masas y el espejismo de Internet en la construcción de la identidad sociocultural de las personas, cómo contribuyen sus picardías comunicativas a hacer mundos y cuáles son los usos éticos y estéticos de unos textos que han sido elaborados con el fin de provocar determinados efectos en las personas.

LAS COMPETENCIA COMUNICATIVA Y LA EDUCACIÓN

Quienes enseñan en las aulas de clases, están casi siempre de acuerdo cuando hablan o escriben sobre los objetivos comunicativos de la educación del estudiante. De ahí la conveniencia de que la educación, se oriente al dominio expresivo y comprensivo de los usos verbales y no verbales de la comunicación humana, y por tanto a favorecer desde el aula el aprendizaje de las destrezas del hablar, escuchar, leer, entender y escribir. Porque, en última instancia, ¿Cuáles serían las habilidades comunicativas que tenemos de aprender en nuestras sociedades si deseamos participar de una manera coherente, eficaz, correcta y adecuada en los intercambios verbales que caracterizan la comunicación entre las personas?

Hablar de manera apropiada, entender lo que se escucha o lo que se lee, expresar de forma adecuada las ideas, los sentimientos o las fantasías, saber cómo se construye una noticia o un anuncio, saber argumentar, persuadir y convencer, escribir un informe o resumir un texto: he aquí algunas de las cosas que las personas hacemos habitualmente con las cuatro palabras en las diversas situaciones de la comunicación humana y con distintas finalidades.

Concebir la educación como un aprendizaje de la comunicación exige entender el aula como un escenario comunicativo, donde los estudiantes cooperan en la construcción del sentido y donde se crean y se recrean textos de la más diversa índole e intención.

Imaginar la educación como un aprendizaje de la comunicación supone contribuir desde las aulas al dominio de las destrezas comunicativas más habituales en la vida de las personas (hablar y escuchar, leer, entender y escribir) y favorecer, en la medida de lo posible, la adquisición y el desarrollo de los conocimientos, de las habilidades y de las actitudes que hacen posible la competencia comunicativa de las personas. Esta competencia es entendida, desde la antigua retórica hasta las actuales indagaciones sociolingüísticas y pragmáticas, como la capacidad cultural de las personas, para expresar y comprender enunciados adecuados a intenciones diversas en las diferentes situaciones y contextos de la comunicación humana. Pero no basta con proclamar los objetivos comunicativos de la educación lingüística durante la infancia y la adolescencia.

Es necesario adecuar los contenidos escolares, las formas de la interacción en el aula, los métodos de enseñanza y las tareas del aprendizaje de forma que hagan posible que los estudiantes y las alumnas puedan poner en juego los procedimientos expresivos y comprensivos que caracterizan los intercambios comunicativos entre las personas.

Y es justo reconocer que, casi siempre, entre el deseo y la realidad, entre los fines que se dicen y las cosas que se hacen en las aulas, se abre a menudo un abismo. Porque, si en las intenciones unos y otros estamos de acuerdo, basta con asomarse a los manuales escolares más habituales en la enseñanza primaria o a los libros de texto más usados en la educación secundaria para comprobar cómo con frecuencia en las clases se dedica un tiempo casi absoluto al conocimiento del sistema fonológico de la lengua, al estudio de la morfología de las palabras, al análisis sintáctico de las oraciones, a la corrección ortográfica y al estudio de la historia canónica de la literatura en detrimento de las actividades relacionadas con el uso expresivo y comprensivo de las personas.


En consecuencia, el aprendizaje de los estudiantes se orienta al conocimiento, con frecuencia efímero, de un conjunto de conceptos gramaticales y de saberes, cuyo sentido a sus ojos comienza y acaba en su utilidad para superar con fortuna los diversos obstáculos académicos. Y las clases se convierten así en un espeso boscaje de destrezas de disección gramatical o sintáctica vestidas con el ropaje de la penúltima modernidad, mientras en las aulas casi nunca se habla, mientras en las aulas casi nunca se enseña que los textos tienen una textura y una contextura y que es en el uso donde es posible atribuir sentido a lo que decimos cuando al decir hacemos cosas con las palabras.